
Nunca me sedujo demasiado el sudor y tampoco la satisfacción posterior al trabajo bien hecho, todas las cimas que conquisté en mi penosa existencia fueron gracias al dinero de papa. Era tan inútil para la vida que el hijo del sastre de mi barrio enganchado a caballo desde los diecisiete y seguro de ser descendiente directo de Elvis Presley, hablaba de mi a sus a sus colegas como el chaval desgarbado al que le hacia falta centrarse. Muerto mi padre de gangrena momentos después de morderse la lengua comiendo sopa de repollo, me encontré con veinticuatro años y seis millones de dólares acuñados en mexico.
En una viaje a Melbourne con el único propósito de adquirir piel de koala para decorar el suelo de mi trastero, terminé comprando una pequeña isla a cincuenta millas de la antigua capital australiana y allí me instalé dispuesto a iniciar una nueva vida con la meditada idea de atravesar mi sien con un cuchillo el día que se esfumase el último billete verde. Una casa victoriana, un mayordomo sordomudo al que me dirigía con el nombre de Stevens en honor al papel de Anthony Hopkins en Lo que queda del día, un chubasquero pistacho para salir a pescar y un barquito de millón y medio de dólares con tres camarotes.
Yo siempre esperaba a Steven en la mecedora de la terraza cuando este dos días por semana iba a la ciudad a por herramientas y alimento, era una actividad rutinaria que terminó cuando mi hasta entonces fiel mayordomo decidió quedarse con el suelo asfaltado y los videoclubs 24 horas antes que con mi isla y mi dinero, todo sin dejar ni un maldito post-it hortera en el frigorífico, privándome de su compañía y de algo tan importante para un isleño como su barco. Me encontraba perdido en un pequeño desierto del jodido hemisferio sur y condenado a vivir como uno de esos hippys por los que siempre mostrare un sincero desprecio, durante muchos años comía las hortalizas que cultivaba y el pescado que antes despreciaba.
Una mañana mientras representaba el to be or no to con un cangrejo y una piedra empecé a notar un olor nauseabundo al que no encontraba dueño, de repente en una canoa de aluminio con el rostro de Bob Marley vi como se acercaban cuatro tipos delgados con muchas rastas y las camisetas de colores más feas que había visto jamás. Me devolvieron a la costa después de soportar un buen número de esas canciones de excursión que tantos vómitos producen. Sin tiempo para destrozar mi esófago con una buena copa después de tanto tiempo bebiendo zumo, me llevaron a la sede central de la principal televisión pública australiana, abrieron con mis historia el telediario, al día siguiente mientras el gobierno costeaba mi hotel de la plaza Russel Crow esquina con la calle Nicole Kidman y la tienda de ultramarinos Mel Gibson, me convertí en una víctima de la propaganda política, en un jodido héroe nacional.
No entendía nada los primeros días, hasta que cansado de ver mi torso musculoso en todas las televisiones decidí arreglar una reliquia de ordenador y pude leer en un internet sometido a censura que en mi ausencia los ecologistas se habían hecho con el poder en todos los países del mundo menos China y Taiwán, que resistían de forma heroica los intentos continuos de invasión de las tropas verdes dispuestas a dejar a los dos países orientales sin cerdo agridulce y pollo al limón. Sobre mi cuarto mes en aquella habitación oscura dos soldados con uniforme hecho de flores entraron en mi cuarto obviando tramites absurdos como llamar a la puerta y me llevaron ante el ministro australiano de defensa, según me dijo se terminaba de reunir con el primer ministro español Macaco y la primera dama la también excantante Bebe que con su poblado bello en la axila era muy bien recibida en este puto país de tarados.
Me nombraron teniente del ejército de tierra, por la para ellos admirable manera en que sobreviví con los recursos que la tierra me proporcionaba. Para mi sorpresa nadie cayó en la remota posibilidad de que habiendo podido comer chuletones de Ávila hubiese instalado mis más profundos excrementos en las nueces con orégano. Me dieron una bicicleta, creo que no os lo había dicho no es que me hubiese vuelto subnormal era el único medio de transporte terrestre a parte del skate, que sólo se podían permitir las elites económicas entre las que por supuesto se encontraba el presidente de la compañía BH, los curanderos y los creadores de yogures insípidos con frutas. Escoltado por cinco soldados en lo que parecía una etapa mediocre de la Vuelta a España entre Cuenca y Guadalajara llegué a una gran fortificación cubierta por plantas venenosas tropicales y miles de cactus donde me esperaba un hombre todo lo elegante que se podía ser en el contexto de aquel terrible momento histórico para los defensores del buen gusto.
Me ofreció una sopa de mango horrible y me enseñó el campamento por dentro, poco tardé en darme cuenta de que aquello no era un jardín botánico y sí un campo de tortura con cientos de guardias con unas irritantes ganas de vivir en vez de SS, pero en la práctica tan perversos y sanguinarios como Goering, Goebbels y Rudolf Hess. Mi misión era organizar los barcos que todas las semanas llegaban desde todas las ciudades de occidente y una vez en el campo distribuir a la muchedumbre en los barracones. Allí había gente de todo pelaje en total dos millones de personas entre las que se encontraba gente de toda condición desde famosos del viejo mundo como: Al Gore, pasando por Scorsese o Eduardo Zaplana a tipos como Tony el metre del viejo salón de caballeros del pueblo de mi madre o la cúpula directiva de Facebook acusada de lucrarse con publicidad de Mcdonals.
Los motivos de la captura de los distintos prisioneros eran un disparate: ser descendiente directo de cazadores de tordos, encubrir o esconder a directores de zoológico, haber grabado y difundido videos sobre fauna mostrando en público la vida privada de familias de animales sin permiso previo de estos, historiadores de instituto que decían que América se descubrió con tres carabelas fabricadas con madera, así como quiosqueros a los que se les acusaba de enriquecerse con la venta de libretas o ciudadanos desobedientes al punto número dos de la Constitución: o reciclas o terminas reciclado.
En aquel macabro lugar no se terminaba con la vida de nadie directamente, pero las distintas torturas terminaban consumiendo hasta al más fuerte de los presos. Después de dormir catorce horas obligatorias como dictaba el punto número uno de las leyes australianas de fuma flores, los reclusos tenían dos horas de yoga, medio hora de visita del sumo sacerdote ecologista con su guitarra y esas melodías que siempre rimaban con piña, almendro y madre naturaleza, descanso de media hora para comer productos insulsos todos de color verde, bricolaje al sol y escalada hasta la hora de ir a dormir. Nadie conseguía aguantar más de diez años aquellos intentos de reintegración a la sociedad y de los cactus colgaban todas las mañanas decenas de enemigos del planeta.
El eterno presidente chino Jintao respaldado por el presidente taiwanés MiniJintao optaron por secuestrar a todos los osos panda desde Shangai a Hong Kong con el objetivo de exigir a las tropas verdes mundiales la entrega de sus armas, el rechazo público de sus convicciones morales y la vuelta al viejo mundo si no querían la muerte de los ocho mil pandas que habitaban la República Popular China. Dos horas más tarde la gran comisión green declaró el final de la guerra y la rendición total de sus hombres.
Desde Nuremberg donde me encuentro para ser juzgado y en pocos días ahorcado, reconozco el nivel de Síndrome de Estocolmo que alcancé, por primera vez sin ningún esfuerzo era reconocido, protegido por un colectivo y mis decisiones se tomaban en serio. Todos somos conscientes de que los ríos no se deben llenar de latas de sardinas, los chicles no se deben pegar en el último asiento del autobús y la gente que incumple leyes urbanísticas o se dedica a quemar hectáreas de tierra ajena para posteriormente construir debe responder por sus actos, pero yo desde esta prisión sombría del sur de Alemania animo a la gente que no consigue ser embajador en Washington, Pulitzer en el 97 o guitarrista de los Rolling Stones a resignarse como hacemos todos y no dejarse influenciar por colectivos sadomasoquistas.



5 comentarios:
Si en el mundo hubiesen más ecologistas preocupados por el medio ambiente y por el prójimo sería mucho mejor, es más, sería utópico porque sería fantástico. Pero no, el mundo está rodeados de ambiciosos que no les importa nada más que el dinero, y donde el clasismo y el capitalismo son la orden del día, si ese es tu mundo ideal.... enhorabuena estas en él, con todos sus fracosos
clasismo? soy futuro periodista y ganaré 120 euros mensuales y me alimentaré con choped eroski. ¿no sé donde me puedes encontrar clasismo? por cierto respeto mucho a los hippys pero no a los que van de hippys.
No me hagas hablar del futuro periodista que va a ganar 120 euros al mes... ¿o quieres que te recuerde tus planes de futuro?
¿lo de ser amancio ortega? joder mola mucho más que dedicarle canciones a los almendros otoñales, es mucho más divertido.
jajajaja muy bueno, te ha faltado decir que la tienda de campaña de las chicas de Leganés era el Senado y ya perfecto.
Estudia hippy de mierda y utiliza los avances de la ciencia tales como la televisión, el frigorífico, la luz eléctrica, internet!
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