Siempre fui un seductor muy incompetente, tal vez porque me salté alguna etapa adolescente o sencillamente porque por alguna razón que desconozco, en el mundo femenino no son estéticos los brazos escuálidos y las narices chatas. Estos problemas físicos y de autoestima no impidieron que fuera consciente de que el falocentrismo terminó mucho antes de que los hippys terminaran por entregar Granada a las mujeres allá por los años sesenta. A partir de ese momento los hombres supimos que a no ser que fuéramos Cary Grant o Paul Newman y consiguiéramos nuestro propósito con una puta frase ideada por un guionista obeso y seropositivo, nos veríamos obligados de por vida a introducirnos en espacios hostiles: conservatorios de música, talleres de cocina y humillantes centros de tratamiento capilar. Con esto no quiero decir que tiempo atrás Dostoiewski no escribiese Crimen y Castigo para dar a entender que tiene una polla de 23 centímetros, pero los sesenta fueron muy duros. Nos costó al principio adaptarnos a la nueva situación, a algunos más que a otros, pero una vez asumimos las reglas de ese estúpido juego nos sentíamos muy cómodos. Todo terminó cuando se instalaron en la Península los Singles y sus putas fiestas ibicencas.Fue duro ver como gente a la que había querido y respetado durante años, quedaba por las noches, se vestía de blanco con una camiseta con escote y un pantalón de judo talla s, sin ningún pudor se inventaba apellidos compuestos para ligar y bailaba canciones producidas en Jalisco y Sinaloa. Me dijeron: "Será solo una vez, lo pasarás bien". Yo tenía un Cadillac con asientos de leopardo muy parecido al de Tony Montana, una antena con más de cien canales y un microondas, en definitiva, todo lo que un hombre necesita para ser feliz, pero aún sabiendo que de ahí ya no se volvía, cambiar mi mundo maravilloso por nada me pareció una decisión lo suficientemente estupida como para que se reconociese mi valor.
Comencé a comportarme como uno de ellos: Me quitaba años para ligar, adquirí un descapotable, decía palabras sueltas en inglés y me definía como una persona arruinada espiritualmente. Cuando empezaba a ser consciente del drama permanente en que se había convertido mi existencia desde que había dejado de lado mi visión germanica de la vida me surgió la posibilidad de formar parte de la Nasa gracias a uno de esos módulos de formación profesional con tantas salidas ideado por Pepe Blanco.
No tardé mucho en enterarme de qué Winchester apuntaba a nuestro planeta. Un grupo de prestigiosos investigadores internacionales liderado por un tipo de Murcia descubrieron a través de la orina del Gorila Panameño que los extraterrestres habían perdido la paciencia después de las terribles consecuencias de la Segunda Guerra Mundial y habían visto en las fiestas ibicencas el mecanismo más eficaz para debilitarnos y convertirnos en población gregaria sin necesidad de enfrentamiento bélico.
Cuando me enteré, dejé de lado mis tareas de limpiar el trastero y el ascensor de la Nasa y llamé a Moncloa para informar al que por entonces era el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. Le propuse invadir Júpiter, Marte y Urano con los disciplinados y eficaces militares españoles para hacernos respetar, pero comenzó a entrar en un bucle: “Nuestros hermanos alienígenas", "debemos llegar a acuerdos que beneficien a las dos partes” o “nuestras culturas no son tan distintas”. Ante la negativa de Zapatero pensé que dos hombres de trincheras como Rodríguez Menéndez y Paco 'El Pocero' me entenderían y aceptarían mi plan de hacerse pasar por extraterrestres y joder los territorios alienigenas del Sistema Solar cada uno desde su especialidad, pero me comentaron que no sabían portugues, idioma oficial de la Vía Lactea.
Seis meses después de mi intento frustrado de hacer reaccionar a mi país llegó la primera avanzadilla de 200 extraterrestres sin que ningún terricola anestesiado les pusiera en problemas. No tenían excesivas articulaciones, medían alrededor de un metro sesenta y tenían todos la cara de José Luis Moreno, y no, no pusieron de moda el tacto rectal.



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